Mucho se discute sobre el feminismo o no de Cristina Pedroche, sobre si su despelote responde a su libertad o solo a un canon decidido por los hombres. Este Fin de Año, por quitarse el edredón de encima y enseñar sus muslos y el perfil de sus pechos, la artista ha cobrado 60.000 euros. Ahí lo dejo. Se discute, decía, sobre Pedroche y muy poco sobre el machismo nuestro de cada día, que ya ha hecho costra en la nueva normalidad tanto como en la vieja. En breve, dos campañas electorales como dos condenas, y ¿qué observamos? Al hombre al frente, siempre por delante, y a la mujer de segundona.

Fíjense, si no, en las candidaturas con opciones reales, a priori, de ocupar la presidencia de la Generalitat. Hay otras cuatro lideradas por mujeres, sí, pero el caso es que ni ERC, ni PSC ni Junts han optado por una aspirante para encabezar su lista. Lo de Junts tiene su miga. Una se pregunta por qué Puigdemont, pudiendo hacerlo, no ha ido de dos y Borràs de uno, más cuando el supuesto efecto Waterloo en nombre del legitimismo iba a ser el mismo. Puigdemont ni está ni se le espera. Si, como él ha dicho, quiere a Borràs de presidenta, entonces ¿por qué la deja un paso por detrás? Da el president la sensación de que sin él, macho alfa, la dama en apuros no podrá conquistar el poder, que además será por delegación. Estará convencido Puigdemont de que lo suyo es tocino, y no velocidad.

Flaco favor al mensaje de la igualdad, también, el que hace el Barça. ¿Dónde están las mujeres precandidatas a la presidencia? Ni una. ¿Acaso no las hay capaces de dirigir la empresa Barça como las tiene el Eibar o el Leganés? De nueve candidatos, nueve hombres. Nueve, llenándose la boca del valor de los equipos femeninos. Bah. Que lo decidan las mujeres, pero a mí todo me parece muy lamentable.